miércoles, 13 de junio de 2007

VOLVER

Quien no desea sentirse protegido, importante y feliz, así es como me siento cuando vuelvo a casa, a mi antigua casa, Zaragoza.
A mí no me llama el mar o la montaña, son Rubén, Eloy, Frasco (con otros me queda el teléfono, frio pero efectivo dadas las circunstancias) los que consiguen ponerme la sonrisa en la boca, los que me hacen amar mi ciudad y mi tierra por encima de todas las cosas, no son els segadors o el rocío, son los abrazos de mi madre o mi padre los que provocan el nacionalismo de las personas. Soy feliz cuando los siento y se convierte una necesidad sentirlos cuando la distancia los reclama.
Y así sucedió el martes, un chute de cariño que aguanta una temporada en el exilio.
Al volver, Elena afirmó en la cena que yo si me volvería mañana mismo a Zaragoza, y tiene razón, lo haría, y sería por ellos, pero Maribel tiene ese "algo" que provoca más ansiedad que su ausencia, aquí estoy enganchado a otro mono, más duro, y sin este si que no podría vivir, así que no me esperen, que no vuelvo.

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