Domingo por la tarde, falta un cuarto de hora para el comienzo de la final de la Eurocopa, y sí, aunque parezca increíble, juega España. La misma España que descorazonó a propios y extraños en la fase de clasificación, se disponía a disputarles a los "eternos" alemanes el ansioso título.
Cuartel central, casa de Martín, equipo de gala (en el Mundial tendremos que juntarnos, visto el resultado): Martín, Eva, Carlos, Lolo, Javi, Tejada, Remo, Jessi, Maribel y un servidor. Cada uno, y fruto de la superstición que engloba a todo acto deportivo, ocupa su asiento de rigor. Comienza el partido, cervezas, patatas y tabaco como compañeros. Primeros minutos y nuestras caras reflejan el buen juego germano y el miedo a cagarla al final. El pase de Ballack nos pone el corazón en un puño.
La selección parece soltarse pasados los quince de la primera, el toque, la calidad y el desparpajo comienzan a aflorar, para entonces Torres suelta un cabezazo que va a la madera. Y todos nos dirijimos al nuevo invitado para la ocasión (que había vaticinado la final, pero ganando Alemania) diciéndole que para bien o para mal, no saldría inmune de aquella casa.
Sigue el "traqueteo", la Roja comienza a carburar y de nuevo Torres, nos hace soñar con que sea posible, con que los títulos también se ganan en la realidad y no sólo en el Pro (frase esta de Tejada).
Al llegar el descanso, avituallamiento y vuelta al partido. Para entonces, los nervios estaban desatados. Cada ocasión marrada suponía una desesperación sólo superable por la siguiente. Faltan diez minutos y yo me doy cuenta que voy a vino por minuto y que como no termine, el partido acaba conmigo, España domina, pero el segundo no llega y todos recordamos la suerte de los Alemanes cuando juegan algo importante. Falla Senna y miramos el descuento, como si cada minuto se convirtiera en una hora. Y como en todo, llega el final, abrazos, gritos y bocinazos.
Mataró se llena de fuegos, petardos y banderas. Una inmensidad de banderas rojigualdas abarrotan la Plaza Italia, más de dos mil almas corean "yo soy español", una locura colectiva que llevó a cientos de personas a bajar al centro, al ayuntamiento y gritarles a aquellos que se empeñan en "romper", "enfrentar" y "separar", que Cataluña también es España.

